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Cuando te irás de aquí          (de Annamaria Manzoni. Traducciòn de Valentina Di Prisco)

                                                                   
“Sólo tienes cinco años”- dice Franco Marcoaldi a su perro- “pero pienso continuamente en tu muerte.”  Y él responde- ”Con todo lo que podemos hacer: perseguirnos, olernos, besarnos con la lengua, jugar con los gatos, cazar lagartijas, comer. Hazme caso, padrón mío, piensa menos en ti y déjate mimar por el viento.  Vaciado el yo, estarás lleno de vida, poco importa si por uno, diez o cien años”[1]. Pues sí: lo hace fácil el perro, pero cómo vaciamos el YO de todos sus fantasmas, ¿cómo hacemos para vivir un presente incontaminado? Tampoco cuando jugamos y reímos nos dejamos mimar por el viento: luchamos en contra, tratamos de contrastar il tiempo que éste nos trae y nos quedamos en compañía de aquella angustia representada por un miedo sin motivo, miedo a lo inevitable, de tener que saber que todo esto acabará, porque seguramente después llega la muerte.
El tema de la propia muerte y de aquélla de las personas que se aman desorienta a la humanidad desde siempre: es un enemigo, una intrusión que induce a la elaboración de filosofías y religiones capaces de dar un sentido a la limitación temporal, tan poco armónica con lo infinito de nuestros pensamientos, de nuestros proyectos, de nuestro desmedido YO, y en vez de hacer algo más por nosotros, cuando nos aseguramos de que podemos estar tranquilos, pues no resulta así, se finge, y después en un modo o en el otro, con o sin cuerpo, en el nuestro o en el de otros, se resucita y se vuelve a vivir.    
La muerte de un animal que amamos (y es inevitable referirse sobretodo, aunque no sólamente, a aquellos con los cuales la relación es particularmente rica y articulada, principalmente perros o gatos) y con el cual hemos compartido segmentos más o menos largos de la vida, nos pone delante de un enigma aún distinto, que nos desvía parcialmente de los argumentos que nos esforzamos por adaptar a nuestra realidad de seres humanos. Es el momento final de una historia particular, historia que, en el asombro de un constante descubrimiento, es capaz de iluminar en nosotros tantas zonas bajo una dinámica refleja, quizás recíproca, que nos pone en contacto con una diversa manera de vivir y no sólo porque los comportamientos de los animales son lejanos a los nuestros en función de la especie a la que pertenecen. Asímismo, la diversidad es de otro tipo, más misteriosa y esencial: nosotros los humanos nos movemos en dirección al cambio, al crecimiento (¡y al decrecimiento!), a la transformación; ellos, los animales, se mueven en ruta circular induciendo a la repetición de los mismos actos, sin buscar un sentido o un objetivo que trascienda las cosas de hoy. Eternos niños, durante toda la vida aman perseguir una pelota, mejor si es siempre la misma, se alegran sin aburrimiento empañado a la primera señal de un paseo, reaccionan con impaciencia invariada a la llegada de la sopa. Y nosotros, sus compañeros humanos, terminamos por sentir un tipo de felicidad refleja, de satisfacción infantil por ser autores de tanta alegría haciendo poquísimo y sin darnos cuenta nos encontramos con arrugas plasmadas en los labios gracias a una sonrisa, realizando un poco más evidentes nuestros gestos para asegurarnos de que el espectáculo sea de todos modos importante. Mientras tanto, absorbemos inconscientemente un poco de esa particular filosofía del animal, sumergido en un presente cuyo horizonte temporal parece movido sólo por minúsculas porciones de tiempo, pero que después, increiblemente, es capaz de dilatarse en función de las inexplicables ausencias del compañero humano. Entonces, el horizonte se convierte en el del regreso, suele ser placenteramente previsible para permitir una propia y precisa organización en la preparación de las fiestas cotidianas, pero otras veces, y nunca se entiende cuándo ni por qué, el regreso es aplazado en días, semanas, meses y hasta años; y entonces aquí tenemos al perro o al gato, antes sumergidos en un aquí y ahora, totalizadores, transformar el tiempo en espera y modificar las coordinadas de los propios movimientos para después volver a comenzar como de costumbre.
A causa de nuestra limitación infinita, no podemos entrar en los pensamientos de nuestros animales y conocer de qué están poblados, sólo podemos hacerlo en base a  sugestivas hipótesis; ciertamente, divierte y también conmueve verlos con aire modesto tomar muy en serio la tarea de perseguir una mosca o bien el cruce de su mirada, que se ha fijado de abajo hacia arriba en la nuestra, en espera de la confirmación de haber entendido bien la señal implícita en nuestros gestos. Y nos encontramos de nuevo jugando con ellos, en una experiencia de liberación que tiene el sabor de la infancia. Fácil y a la mano la ilusión de que nada cambie; pero en la esquina se encuentra la conciencia, impregnada de angustia, de la realidad del tiempo que pasa y que trae consigo, inevitable, el pensamiento de la muerte, respecto al cual, como dice Woody Allen, persistimos en no cambiar de opinión: permanecemos firmemente contrarios.
El miedo de perder a quien amamos es una música de fondo fea en nuestra conciencia, desde la primera experiencia de perdida que vivimos no nos abandona y quizás aún desde antes, transmitida desde la memoria por quien nos precedió; en todo caso podemos controlarla y removerla, pero no cancelarla totalmente y a veces podemos impedirle que asuma una cierta forma en nuestras pesadillas. La muerte de nuestro perro o de nuestro gato es muy cercana, en esta extraña eventualidad de las amistades interespecíficas en la cual los tiempos no coinciden. Si ninguno de nosotros sabe que monto tiene la cuota personal de tiempo que nos queda en el vals de las estadísticas, lo que sabemos bien es que en la ley de la naturaleza somos más longevos que ellos y la posibilidad de perderlos, tarde o temprano, es probablemente alta.
A veces la muerte llega improvisamente, otras veces anunciada por una larga o breve enfermedad; de cualquier manera, la experiencia es devastadora cualquiera que sea el estado o la edad de quien se queda y quien se va. Cuando es posible vivir la agonía, quizás lo que hace la situación intolerable es el silencio de los animales, su espera tranquila y su capacidad de aguante de la cual tratamos inútilmente de arrancar una señal que nos permita entender algo más; quizás nunca como en este momento la palabra que le falta sería necesaria, quisiéramos que fuese él a dirnos esa palabra, ésa que nos consuela, el silencio es insoportable, así como lo es la mirada que se apaga sin rebeldía. ¿A qué nos aferramos? ¿Qué hacer para hacerle entender cuánto lo amamos y cuánto nuestra vida ha sido diversa porque él existe? Nuestras caricias bastarán para consolarlo, para no hacerle sentir el miedo o quizás el miedo es sólo nuestro, quizás él es más capaz y, como ha aceptado la vida por lo que es, a lo mejor también puede hacerlo con la muerte, inevitable y natural en esa naturaleza que parece tan poco interesada en los acontecimientos individuales. Cuando en ”La insoportable levedad del ser[2] Karenin, el perro que ha sido el compañero de Tereza y que la ha amado como ningún otro individuo ha sabido hacer, está por irse, la mira con una mirada en la cual ella ve una terrible e insoportable confianza. “Esa mirada era una pregunta codiciosa: durante toda la vida Karenin había esperado la respuesta de Tereza y ahora le informaba que siempre había estado listo para saber su verdad. Él solo pensaba en ella. No tenía miedo”. Y cuando la muerte llegará, Tereza meterá en el hoyo en el que enterrará su cuerpo: el collar, la correa y el chocolate, sin pensamientos sobre el más allá, en el eco de tantas culturas antiguas en las cuales el que se queda cuida al que se va con unos pocos gestos de amor aún posibles y no importa cuanto son inútiles, así no te hará falta nada de lo que te pueda servir, estás listo para el paseo, que te gusta tanto y la correa me asegura que no te alejarás mucho, ¿es así, no es verdad? No te alejarás mucho para ir donde no pueda alcanzarte, ahora.   
Hay momentos en los cuales el espacio racional de nuestra mente se reduce y es invadido por la emotividad. La necesidad de saber, quizás sólo de poderse ilusionar sabiendo que de esto se trata, que no todo termina aquí y así se convierte en poder; no son muchas las teorías a las cuales recurrir, para muchos la vida está estrechamente ligada a la biología y la muerte disipa todo. Para quien ampliando la mirada se ha convencido y ve la vida en el más allá, el dilema de si la resurrección contemplará igualmente la de los otros animales, encuentra de manera un poco extenuante las declaraciones de quien posee el poder de los pensamientos, algunas externalizaciones    ad hoc entre los antiguos griegos: Pitágoras, Anaxágoras, Platón, hablaban de un alma inmortal también en los animales, y en el fondo, también el catolicismo, queriendo buscar bien, no impide sostener, gracias a Juan Pablo II, que el aliento divino también está presente en los animales. De todos modos no importa, no sirven las teorías o las autorizaciones: es la búsqueda de un modo que permita aceptar una separación que no quisieramos que fuese para siempre. Es así como la astrofísica Margherita Hack, que ve en el más allá sólamente la dispersión de las moléculas que conforman nuestro cuerpo y nada más, encomienda al paraiso, en el cual creía de niña (y no importa si ya no cree en esto), la custodia de todos los animales amados en su vida para poder volver a encontrarlos allí. Mientras el teólogo Paolo De Benedetti, si bien está convencido de que en las páginas de los textos sagrados está la constatación de que ciertamente nuestros animales los volveremos a encontrar un día, no se consuela con la muerte de su gata Dovesei * y se enfada con Dios, advirtiéndole que: “quizás todavía esto podías ahorrárnoslo un poco” pidiéndole sucesivamente indemnización por el dolor infligido, conservar el alma pequeñita de Dovesei y mientras tanto si puede, consolar a quien se queda, para después tener que concluir que:  “quizás tú no puedes porque la muerte es demasiado también para ti”[3]. Pues bien, si la muerte es demasiado también para Dios, ¿cómo podemos pensar que pueda ser una empresa fácil para nosotros mortales gracias a un ineluctable destino?
“Con su muerte , yo he llorado la gran muerte de todas las cosas” dice Piero Martinetti cuando es su gato quien se va y su muerte es grande porque es absoluta, definitiva, total, sin necesidad de obtener la remisión de los pecados incumplidos, sin legados en esta vida que ha terminado y ya no hay más nada que decir, porque el tormento vive en el silencio.[4]
Los animales que amamos cierran una vida que se ha ligado visceralmente a la nuestra pero corriendo a una velocidad diversa, dejándonos un poco espectadores de lo que ha sucedido en ellos muy rápidamente, espejo deformado de lo que a nosotros nos está sucediendo: todo comenzó hace poco tiempo…. parece ayer…. no estoy listo…. ver el ciclo de la vida que se deshace y termina es una experiencia que no sé tolerar.
Pero una dulzura diversa puede ocurrir para arropar a quien se queda, porque si el deseo más bello para quien se va es, como decía el poeta Alvaro Mutis, el de ser acogido intacto por la muerte, no en su cuerpo, ya que esto no es posible, sino a través de sus sueños. Ellos, los animales más que nosotros, son capaces de irse con la misma mirada sorprendida sobre las cosas y con la obstinación total de un vínculo que se ha quedado incontaminado, a pesar de todo.        
                                                                                                                             de Annamaria Manzoni



 





[1]Animales en versos (Animali in versi)”,  Marcoaldi, Franco, Giulio Einaudi Editor, 2006

[2] ”La insoportable levedad del ser”, Milan Kundera, - Adelphi
[3] “Teología de los animales (Teologia degli animali)”, Paolo De Benedetti
[4] “Piedad hacia los animales (Pietà verso gli animali)”, Pietro Martinetti
*Dónde Estás, traducción del nombre proprio del gato. (N. del T.)






Comida y psique             (de Annamaria Manzoni. Traducciòn de Valentina Di Prisco)

Si el veganismo es un proyecto de vida, una espléndida utopía o solo un acto desesperado de denuncia lo piensa solamente nuestra mente y será un lejano futuro a decretarlo.
Ciertamente, el ideal de un mundo nuevo, capaz de ver a todos los animales libres de la esclavitud y del dolor, no puede que enfocarse antes que nada y sobretodo, en la comida, porque es alrededor de ésta que se acumula la mayor parte de nuestra personal y directa contribución a la gran cuestión de los animales. Animales que comemos, desinteresándonos del precio en sufrimiento que les imponemos a ellos, minimizándolo o negándolo, algunas veces justificándolo como imprescindible, siempre absolviéndonos. Bellas almas que somos, más allá de las muchas palabras de amor hacia los animales, en la mesa con frecuencia somos co-responsables de una crueldad que hasta afirmamos, considerándonos años luz de distancia con respecto a ellos.
Enfocando el problema de la violencia en los animales no humanos sobre el “comer carne”, se va directamente al fondo de la cuestión porque gran parte de dicha violencia no proviene de personas sádicas y malvadas, sino que está permitida y apoyada por aquéllas “normales”, buenas, que con el propio estilo de vida y por lo tanto con la propia alimentación, son la causa del martirio cotidiano de un ilimitado número de animales. El comer carne es un ejemplo claro de esa banalidad del mal que, justamente en cuanto banal, es aceptada en su reivindicada normalidad, desconocida en su alcance y en sus consecuencias.
Efectivamente, es en el sector de la alimentación que se cumplen los peores crímenes en términos de reiteración y número de víctimas porque en el mundo los animales son comidos por la mayor parte de la población; muchos, todos los días; algunos, más veces al día; único límite, el factor económico. A pesar de esto, es posible, fácil, sensato y además moralmente imperativo, nutrirnos con otra cosa.
Muchas observaciones se acumulan buscando un indicio para la madeja de comportamientos de poblaciones en muchos casos lejanas unas de las otras, como lo pueden ser aquéllas que pueblan el mundo occidental y los países pobres o denominados emergentes, aquéllas separadas por convinciones religiosas aparentemente distantes, países en paz y países en guerra: todos unidos por una vez, más allá de cualquier diversidad, por la obstinada convinción de que los animales están allí justamente para ser comidos por nosotros. “El derecho de matar a un ciervo o a una vaca es lo único por lo cual toda la humanidad está francamente de acuerdo, también en el curso de las guerras más sangrientas”, observa Milan Kundera.
Nutrirse es una acción necesaria, pero desde siempre fuera de los límites de la necesidad para invadir los del placer, ciertamente no es por casualidad que la gula aparezca entre los siete pecados capitales, esos “vicios” considerados entre las maldiciones que nos afligen, los que se refieren a la profundidad de la naturaleza humana y contienen la posibilidad de originar recaidas en otros ámbitos.
Apenas nos separamos de tiempos y países en donde el alimento está destinado solo a la sobrevivencia, éste forma parte inmediatamente de comportamientos que pierden su sentido original y más bien hablan de desenfreno, placer, impulsos descontrolados. Comportamientos poco nobles en sus manifestaciones, tanto que Dante consideraba a los golosos dignos de un círculo infernal, el séptimo, en el cual los condenaba a estar en la tierra, boca abajo mordiendo el barro, atormentados bajo una lluvia incesante.
El acto de nutrirse está siempre contaminado por otras dimensiones, contiene valencias  fuertemente simbólicas, entrelazadas con sensaciones y experiencias en las que se confunde perdiendo su esencia original. Es uno de los primeros intercambios entre madre e hijo,  momento que, basado en la sobrevivencia, inmediatamente  se tiñe de emociones y sensaciones.
La atención hacia la nutrición con frecuencia permanece prioritaria durante toda la vida en los pensamientos maternos: “¿Has comido?” es la pregunta que posee y transmite  preocupaciones maternas por hijos ya adultos desde hace tiempo, signo de que la comida mantiene valencias simbólicas capaces de atravesar la concreción y la lógica de la realidad. No sorprende que Vivien Lamarque, durante toda la vida en busca de un lazo roto con la propia madre que a los nueve meses la dio en adopción, invoque “Soy importante para ti. Dime que coma”.
Comer juntos es un acto social, que no estamos dispuestos a compartir con cualquier persona, tendencia muy bien fotografiada en la siguiente expresión: “nunca comas del mismo plato”, que enfatiza la extrañeza con respecto a alguién, extrañeza que se interrumpería gracias al intercambio de un mismo momento alimenticio y que haría del otro un compañero; término, que es bueno recordar, etimológicamente se relaciona justamente con la palabra cum-panis : quien comparte el mismo pan. Porque el de la mesa es el lugar de la fraternidad y del intercambio: comer en el mismo plato es sinónimo de compartir actitudes y pensamientos; agregar un lugar en la mesa es señal de profunda hospitalidad. Roberto Saviano recuerda que el boss de la mafia calabresa Morabito El Tiradritto[1], arrestado en 2004, cuando le ofrecieron un sándwich antes de ser llevado a la cárcel, mientras estaba en el cuartel entre jueces y policías, se levantó de la mesa y fue a comerlo con la cara hacia la pared: “no se divide la mesa con quien no se reconoce”.
Y qué decir sobre la reminiscencia de los alimentos de la infancia que surge con la fuerza de recuerdos incontenibles, a los cuales Proust (En busca del tiempo perdido) fue capaz de atribuir la nobleza en pasajes que se convirtieron en patrimonio literario: “Me llevé a los
labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de  magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me  invadió (...) Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en, mucho (...) ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? ”: ese sabor es vehículo de memorias para Proust, porque repentinamente queda claro que es aquél de las magdalenas del domingo por la mañana, sumergidas en el té, que la tía Leonie le ofrecía después de la misa cuando era niño, muchos años antes.

¡Qué poder evocativo impregnado en la memoria, qué experiencias cableadas en el fondo del alma transportadas por una comida! Nosotros también, comunes mortales sin la capacidad de sublimar en inolvidables líneas nuestras sensaciones, muchas veces hemos experimentado el  resurgir del pasado de situaciones, rostros y experiencias recordadas por el sabor, el perfume, el aspecto de una comida de nuestra infancia, que nos transporta al espacio de una cocina en la cual no habíamos vuelto a pensar, a una situación que pensábamos muerta.
Atormentada la descripción de John Fante de la cocina de su madre: “El verdadero reino de mi madre, la cueva caliente de la bruja buena….un pequeño mundo veinte por veinte: el altar era el fogón, el círculo mágico un mantel a cuadros sobre el cual los hijos se nutrían, aquellos viejos niños con reminiscencia de los inicios, con el sabor de la leche materna que todavía se perdía en los recuerdos, y su olor en la nariz, los ojos brillantes y el mundo malvado que se perdía a lo lejos mientras la vieja madre-bruja protegía a su cría de los lobos de afuera.” (John Fante, La hermandad de la uva) .
Comida de la infancia que para algunos es recuerdo intenso de un momento, se convierte en ancla existencial para quien se ve obligado a dejar el propio país por tierras con frecuencia inhospitaliarias y lejanas; entonces impregnan con el perfume de las especias o con olores intensos, que solo delante del olfato de los extraños están privos de dulzura, el destierro hacia lugares reacios a aceptarlos.
Mucho más superficial y al límite del ridículo, la búsqueda pueril de vacacionistas en crisis de abstinencia por los gustos de la propia casa: espaguetis con tomate o café corto, que asumen contornos de objetos del deseo y con esa casa construyen un puente ideal e inmediato: desorientamiento y lejanía se anulan.
Es el ámbito de la alimentación que da voz y forma a disturbos mentales: atracones bulímicos de comida, desechos anoréxicos a su consumo, disturbos de muchos tipos son la punta del iceberg de profundos malestares que encuentran en la modalidad de nutrición o de no hacerlo una vía expresiva.
Páginas escritas por Tolstói hace más de cien años continuan a no honrarnos, gracias a la actualidad que mantienen hoy: “No hay un acto solemne, un acontecimiento alegre, una inauguración que transcurre sin un banquete. Observen a la gente que viaja, eso resulta todavía más evidente. ¡Los museos, el parlamento, las bibliotecas cómo son interesantes!...¿Y dónde comeremos? ¿En dónde se come mejor?” (León Tolstói, Contro la caccia e il mangiar carne): escrito en 1895, pero parece más bien escrito esta mañana.   
En definitiva, es obvio que alrededor del tema de la comida, con la profundidad de contenidos ligados y planteados por ella, se juega un partido fundamental que es psicológico y existencial de igual manera y también por esto alcanza dimensiones enormes en el comercio que gira alrededor. Lo que sucede con todo esto es que quien desaparece en el mare magnum de necesidades, significados, simbolismos, impulsos y deseos son aquéllos quienes pagan un precio incalculable: los animales. Entonces, son ellos los que deben resurgir, ser vistos y reconocidos como víctimas inocentes y sin pecado, deben volver a asumir la corporalidad que les corresponde y que para muchos parece invisible y evanescente. Porque normalmente nos ocupamos de todo en relación con la comida, excepto de su esencia cuando es vida animal.
Con todo esto tenemos que lidiar cuando nos ocupamos de veganismo, que no es un estilo de alimentación sino una ideología de vida. Sería bello y también un deber que la ética del respeto y de la no violencia por si misma fuese suficiente para revertir las costumbres que ilustran  todos nuestros comportamientos cotidianos; que la empatía hacia los animales jugase por si sola el partido de nuestra relación con ellos; que un elemental sentido de justicia dejara pasar cualquier otra pulsión. Sería bello y también un deber, pero los números cuentan otra historia, la de una minoría de personas, por ahora absolutamente pequeña, que ha decidido y ha sido capaz de optar por alternativas consecuentes. Se necesita hacer muchas cosas para que una conciencia diversa se vaya difundiendo: conciencia que hay que transformar en responsabilidad en la estratosférica lucha por los derechos de los animales, el sector de la alimentación es aquél en el cual cada uno de nosotros, hoy mismo, puede aportar una personal y fundamental contribución, moviendo el punto de interés desde el propio estómago, la propia cabeza y el propio corazón a aquéllos especulares de los otros animales. Decidiendo de una vez por todas en cual mundo queremos vivir.



[1] Es el sobrenombre de Giuseppe Morabito, considerado el número uno de la ‘Ndrangheta, la mafia calabresa. El sobrenombre U tiradrittu en dialecto calabrés significa en italiano Spara dritto, es decir, dispara derecho en español. 

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